
Se levantó y la ventana le mostró un día gris. Miró a su alrededor y supo que era el momento. Ese que estaba esperando. Tenía las fuerzas necesarias como para hacerlo; ya no podía ni debía esperar más.
Se preparó un café y se sentó en la alfombra. Cortó papeles de distintos tamaños y preparó las cajas que había ido acumulando a lo largo de los días. Les puso etiquetas; eso es lo que más le costó. Nunca había sido su fuerte: etiquetar, poner títulos. Pero era necesario.
No dejó que la angustia la venciera; no quiso dejarlo para más tarde. En cada trozo de papel, de distintos tamaños, escribió sus recuerdos con él, clasificó los besos, las caricias, los momentos. Redactó cada una de las discusiones, cada uno de los proyectos juntos. Paraba cada tanto, cuando las lágrimas le impedían ver lo que escribía, cuando alguna se animaba a tocar la tinta. Se hizo tiempo también para escribir todos los planes que habían quedado inconclusos, esos que más le dolían.
Y guardó cada papel en su respectiva caja. Las apiló en un rincón y las observó por un momento. Ya estaba todo hecho.
Se vistió, y salió. Todo estaba en su lugar. Esos tres años juntos ya estaban guardados y clasificados. Se rió de su loca manía de ordenar todo metódicamente. Se rió mucho.
Caminó escuchando música; caminó sin destino. Ya no importaba. Ya estaba lista para decirle al mundo que lo había superado, que la separación no implicaba el fin del mundo.
Y de repente, lo inesperado. Ahí estaba él, de la mano de otra. Se escondió para que no la vieran. Y sacó su celular. Tomó una foto que más tarde imprimió para guardarla en la única caja que todavía no había cerrado: la de las verdades que más le dolieron.